En 1860 nacía en Calatayud Blanca Catalán de Ocón y Gayolá, en el seno de una familia acomodada y con ideas adelantadas a su tiempo. Probablemente este nombre no le diga nada a la mayoría de los lectores. Sin embargo, Blanca Catalán ha pasado a la historia como la primera botánica española y también por ser la primera en “apellidar” algunas de las plantas que describió metódicamente.
Blanca Catalán no tuvo formación académica oficial, pero sí buenos maestros que la inculcaron el arte de observar la naturaleza en un entorno privilegiado, el Valle del Cabriel, en los Montes Universales turolenses. Su primera maestra fue su madre, Loreto Gayolá, educada en un convento de Suiza, donde las monjas le enseñaron, entre otras cosas, a herborizar plantas y despertaron en ella gran afición por la naturaleza.
Esa afición la transmitió Loreto Gayolá a sus dos hijas, Blanca y Clotilde. Mientras Clotilde se dedicó al estudio de los insectos, en especial las mariposas, Blanca se decantó por la observación detallada y minuciosa de las plantas. Con los ejemplares recolectados, que identificaba gracias a las claves de Gillet y Magne de la “Nouvelle Flore Française”, Blanca formó un pequeño herbario representativo de la flora del valle, como explica el historiador José María de Jaime Lorén en «Flora Montibérica», donde hace un repaso de los botánicos turolenses de la comarca del Jiloca. Continuar leyendo



Por José Carlos del Álamo Jiménez,


El Día Internacional de los Bosques impulsado por 
“Ya lo dijimos”. Es una frase que todos odiamos pero que no podemos resistirnos a utilizarla para la ocasión. Hace apenas año y medio, en esta misma página, lamentábamos la separación en dos ministerios del departamento con competencias en conservación de la naturaleza. La desvinculación de biodiversidad y política forestal, materias históricamente unidas, se había iniciado en 2012 por lo que en 2018 no se hizo más que ahondar en el error poniendo a la primera en el Ministerio para la Transición Ecológica y a la segunda en el de Agricultura, Pesca y Alimentación. Con la reciente configuración ministerial aquel desacierto parece subsanarse, al menos parcialmente, al volverlos a reunir en una Dirección General de Biodiversidad, Bosques y Desertificación. Aunque el nombre nos parece forzado e innecesariamente largo –queriendo englobar más, abarca menos –, nos felicitamos por la decisión por cuanto en este breve pero intenso plazo de tiempo se han podido apreciar las múltiples disfunciones que este divorcio trajo consigo: discrepancias en cuanto a qué especies son invasoras y cómo debe abordarse su control o erradicación, diferencias de enfoque en las directrices de gestión de espacios Red Natura, desacuerdos en las políticas de control de poblaciones son algunas de ellas. Con la nueva configuración confiamos en que queden, si no resueltas, al menos parcialmente subsanadas porque aún queda por ver qué pasa con la caza. De mantenerse en el Ministerio de Agricultura quedará más huérfana de lo que ya lo está, y lo está mucho, pues nadie entiende la caza y la pesca continental fuera del medio natural, como un producto forestal más.