Texto del Discurso de Marta Corella en el Acto de entrega de la Mención de Honor «Jacobo Ruíz del Castillo» 2021 del COIM

Por Marta Corella, Mención de Honor «Jacobo Ruiz del Castillo» COIM 2021, Ingeniera Técnica Forestal y Alcaldesa de Orea (Guadalajara).

En primer lugar gracias. Decir que estoy absolutamente abrumada.

Gracias a quienes pensasteis que era merecedora de esta mención, que para mí es un gran honor y responsabilidad recibir; primero porque es el Colegio de Ingenieros de Montes quien me la otorga y segundo y no menos importante, porque lleva el nombre de la persona que me la entrega y que ha sido clave en la búsqueda de la historia de nuestros bosques, que indudablemente la tienen, aunque ésta no se estudie en los libros de primaria, a pesar de que debería ser obligatorio: D. Jacobo Ruiz del Castillo.

Sinceramente pensaba que estos reconocimientos llegaban cuando una persona estaba al final de su carrera y lo primero que hice, fue hacer cuenta de años …

Y entonces la responsabilidad aumentó, porque visualicé de golpe la gran asignatura pendiente de nuestro tiempo:  los bosques, sus habitantes, todos sus habitantes y  los vínculos que se establecen entre ellos. Necesitamos educar.

En mi infancia, el monte era el principal lecho de empleo de los pequeños municipios forestales de montaña, incluido el mío.

Recuerdo que los INGENIEROS de Montes, (cuya visita era un acontecimiento importante, entre los que, por cierto,  nunca ví una mujer), eran muy valorados.

Los días de subasta de madera, eran como un gran día de fiesta.

Pero toda esa actividad, poco a poco languideció y prácticamente desapareció.

El vínculo recibido de un hogar creado con la voluntad de unos padres que hicieron el camino de ida a la ciudad, cuando todo el mundo se iba, y el de regreso de nuevo al pueblo, cuando nadie volvía,  para crear su propia familia, en la que mi padre, hombre de aldea, feminista y adelantado a su tiempo, quiso educar a sus tres hijas como habría hecho con tres varones, especialmente con la pequeña que fui yo, llenando mis recuerdos de la normalidad de ir al volante de un tractor, de una cosechadora o de manejar una motosierra, transmitiéndome saberes, el amor incondicional a la tierra y generando una sed de entender, fue lo que me empujó a estudiar Ingeniería Forestal. Quería entender mi entorno.

Ayudé a pagar mis estudios trabajando en el retén de incendios forestales, donde aprendí que la gran valía del batallón de personas que formaban los retenes, residía en su profundo conocimiento del medio: sus caminos, trochas, su orografía, la vegetación…

Trabajo que por cierto, tras varios años, me fue vetado, para dar prioridad a hombres.

Fue la primera dura lección de mi vida.

El mundo no era como me lo habían mostrado en casa, al menos no del todo,  e integré la reivindicación de derechos en mi día a día, sin ser consciente de que el abanico cada vez se abría más, extendiéndose al espacio forestal, que era mi hogar y por ende a todos aquellos lugares que compartían esa misma realidad. En mi mirada se instaló la reivindicación constante de ese componente social que está vinculado a los bosques y que una y otra vez se ha obviado desde el ámbito urbano, donde, por cierto, se encuentran las administraciones competentes y donde nacen los grandes movimientos ecologistas.

Estos espacios forestales, han sufrido el terrible azote del abandono humano,  sólo hay que superponer el mapa forestal con el de población para comprobarlo, han donado recursos, talento, juventud, economía y de forma dramática y silenciosa han renunciado a sus saberes, dejando la puerta abierta a que estos municipios forestales fuéramos tratados como menores de edad y se instalara la extraña idea de que nuestros derechos podían ser pisoteados, por inexistentes.

En nuestros territorios forestales de montaña, se rompió el imprescindible eslabón que unía recurso con oportunidad y eso empobreció cientos de pueblos y está poniendo en grave peligro los bosques, tal y como los conocemos; ese eslabón tiene dos caras: – una es la gestión forestal con una visión holística que debe enseñarse no sólo en la universidad, sino en etapas tempranas de la educación. Y otra es la afección humana en el territorio, cuya ausencia genera territorios que superan nuestra capacidad humana de conservación.

Podemos prescindir de ambos? SI. Porque efectivamente ni los bosques ni el planeta nos necesitan en absoluto.

Somos nosotros quienes necesitamos, hoy más que nunca,  bosques resilientes, que sean grandes sumideros de carbono, que presten servicios ecosistémicos (por los que aún no hay compensación) y que sean generadores de recursos, de momentos de ocio y por supuesto de salud.

Para ello nosotros, necesitamos reaprender el idioma que una vez hablábamos con fluidez, necesitamos entender y transmitir esos profundos y simbióticos vínculos que se establecen entre pueblos y bosques.

Por eso pido a compañeros y compañeras de profesión forestal (permitirme un saludo a las “mujeres forestales estupendas en red), el compromiso de estar a la altura de quienes nos precedieron. A quienes trabajáis en formación, en la empresa privada y por supuesto y sobretodo, en el sector público donde se sufren las mayores presiones políticas de turno, que en ocasiones pueden llegar a retorcer el camino de la ciencia, pero que son pasajeras, a todos vosotros y vosotras os pido, que mantengáis la mirada en el futuro y que no cedáis a modas efímeras.

Se que no es sencillo, porque nuestro compromiso y trabajo trasciende nuestro propio ciclo vital y en esta sociedad donde todo va tan rápido, trabajar para generaciones futuras, no convence.

Y lo se. Se que remar en una dirección que no es favorable a la corriente es agotador, pero puedo decir que es tan incómodo y duro, como reconfortante al final de cada día, cuando llega el silencio de la almohada.

Es necesario que seamos referentes para los ingenieros e ingenieras forestales y de montes del futuro, porque serán necesarios para los retos que plantea el s.XXI y para nuestros pueblos, sin cuya existencia, tampoco habrá paraísos.

Por ello recibir hoy esta distinción, me da aliento e impulso.

Deseo, de corazón, estar a la altura de esta Mención, y que esta pasión creciente por la tierra, por los saberes, por los indisolubles vínculos que existen entre pueblos y bosques, que es lo que me ha movido hasta ahora, siga guiando mis pasos el tiempo que  la vida me lo permita.

GRACIAS

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