«El ataque de incendios por aire no suele servir de mucho»

Por Saul Elbein – Periodista

Traducción al castellano del artículo Attacking fires by air often does no good, expert says

Más de las tres cuartas partes de las actuaciones de los medios aéreos contra incendios forestales son ineficaces, según datos internos del Cuerpo de Bomberos de Cataluña, cuyo investigador principal está pidiendo cambios importantes en la forma en que combatimos los incendios en un contexto de cambio climático.

La frenética temporada de verano, que ha incluido un récord de 80 tormentas de fuego en todo el mundo, ha visto a gobiernos desde Turquía hasta California bombardear frentes de fuego masivos con cargas de agua lanzadas desde aviones.

Estos ataques por aire son un valioso material mediático y proporciona cobertura para los políticos locales, a costa de sacrificar recursos sin un fin claro, opina Marc Castellnou, analista jefe de incendios del Cuerpo de Bomberos de Cataluña.

Castellnou explicó que la gente piensa: «Ustedes son servidores públicos, la gente paga impuestos, hay que intentarlo». Pero según Castellnou “estamos luchando contra el tipo de incendios en los que, si lo intentas, perderás mucho».

Esta afirmación cobra especial relevancia a la luz del anuncio del Servicio Forestal de los EEUU a principios del mes de agosto de detener la práctica de dejar incendios remotos sin atacar. Este anuncio vino en respuesta a las declaraciones del gobernador de California, Gavin Newsom criticando esa práctica aplicada cuando los cuerpos de extinción no veían riesgos críticos en ellos.

Según Castellnou, al reconocer nuestra debilidad frente a la nueva era, argumentó, podemos abrir un camino a través de ella.

El uso de aviones en la extinción de incendios ilustra el problema. A principios de este mes, el senador en Oregón, Ron Wyden, preguntó a la Casa Blanca sobre una escasez reportada de combustible para aviones, necesario para mantener los aviones en el aire, informó The Hill.

Esos aviones son útiles contra incendios pequeños o medianos, que no tienen mucha energía detrás de ellos, comentaba Castellnou. Son especialmente útiles durante el primer ataque a un incendio y en apoyo de los bomberos en tierra que están despejando la línea de contención para mantener el fuego en su interior. Pero durante un incendio lo suficientemente grande, Castellnou explicó: «Eso no es útil en absoluto. Por supuesto, los políticos y la gente quieren ver aviones volando, pero no funcionan si no tienes gente debajo, trabajando durante una tormenta de fuego».

La efectividad de las misiones para arrojar agua sobre los incendios ha variado, explica. «En incendios extremos, la efectividad tal vez sea nula. En fuegos fáciles, tal vez completa». Pero en promedio, según datos del Cuerpo de Bomberos en el que trabaja, solo el 23 % de los ataques aéreos fueron eficaces.

En enero de 2017, en Chile, en los albores de la era actual de las tormentas de fuego, Castellnou observó cómo un Boeing 747 arrojaba enormes cargas de agua sobre una tormenta de fuego masiva y luego se alejaba volando para regresar seis horas después. «Te da una imagen dramática y muestra que estás esforzándote al máximo», comentaba. «Pero no ayuda mucho». Una regla general, afirma, aplicable desde Siberia a Santa Mónica, es que si se trata de un día muy caluroso y el avión vuela a la luz del día, no estamos ante una estrategia adecuada.

Los bomberos y los políticos no son transparentes con el público sobre los límites de sus dispositivos frente a este creciente problema. Esto ha generado expectativas poco realistas generando un uso ineficiente de los recursos, opina Castellnou.

«La gente todavía no entiende lo que está pasando», afirma Castellnou. Juzgan la efectividad de la respuesta a un incendio «según la cantidad de superficie quemada o las casas perdidas”. No lo entienden como un cambio en el paisaje, ni se preguntan si nos estamos ajustando, o evitando que suceda, o aceptándolo».

Ese cambio se debe en parte al clima, lo que está provocando que los bosques migren más lejos del Ecuador, con una mayor predisposición a quemar a lo largo de los bordes de los ecosistemas en transición. Pero también es en parte el legado de generaciones practicando la extinción total de incendios, que ha dejado que gran parte de los bosques del mundo se quemen en las peores condiciones.

«El Chaco boliviano está ardiendo en este momento, justo al lado de lo que ardió en 2018», exponía Castellnou. «Lo que se salvó entonces está ardiendo ahora». Por el contrario, las cicatrices de quemaduras de incendios pasados ​​han demostrado ser activos de altísimo valor para contener los actuales.

Ante incendios enormes, según Castellnou, «la práctica está cambiando. Nos estamos poniendo más a la defensiva. Si vemos ese tipo de fuego, no lo atacamos, solo tratamos de contenerlo. Damos distancia».

A principios de esta semana, un equipo de bomberos al que Castellnou estaba asesorando en el Chaco perdió el control de un incendio y se retiró 50 km, intercambiando espacio por tiempo para «construir líneas para contener el fuego dentro de ese perímetro», en lugar de atacarlo de frente. Incluso esto había sido «pensar demasiado pequeño», dijo Castellnou: asumieron que el fuego cubriría solo 20 km día, dándoles tres días para construir la línea. En cambio, llegó allí en dos y saltó la línea. «Deberíamos haberle dado más espacio al fuego si queríamos tener estrategias de contención adecuadas».

En California, o incluso en la Cataluña natal de Castellnou, la tentación sería atacar ese incendio con aviones, para evitar ceder tierra al fuego. Todavía no se ha entendido bien que hay que aceptar: “Durante las próximas cuatro horas no combatiremos el fuego, porque no será eficiente hacerlo. Guardaremos nuestros esfuerzos para el momento adecuado y seremos eficientes”, explica.

La distribución de recursos para, supongamos, el 23 % de las veces en que serán efectivos, abre la posibilidad de un cambio duradero, afirma este investigador. Tomando la noción de quema prescrita, que se cree que es una parte clave de cualquier solución a largo plazo al problema de la tormenta de fuego, Castellnou explica que deberían hacerse quemas prescritas al principio o al final de la temporada. “Pero al final de la temporada, todos estarán muy cansados y nadie estará en condiciones para quemar», dijo.

«No hay razón para usar equipos ahora (en incendios incontrolables), cuando no pueden hacer nada», continuó. «Serán más útiles más adelante».

Él mismo no era inmune a esto, admitió Castellnou: recordó un incendio este verano en el que hubiese deseado ordernar parar ataques con agua durante el día, cuando sabía que no servirían hasta el anochecer. Cuando llegó la noche, combatieron el fuego, pero ese día lo atormentaba la pérdida de tiempo, recursos y mano de obra que habría sido más útil después del atardecer.

La frustración está creciendo en los cuerpos de bomberos con los que trabaja en todo el mundo, dijo Castellnou, quienes sienten que «no puedes hacer tu trabajo correctamente e incluso la sociedad nos culpa por hacer nuestro trabajo», lo que a veces implicaba pelear batallas imposibles para proteger a las poblaciones rodeadas de combustible, además de las tormentas de fuego, para acabar perdiendo.

«Son las personas que envían a los bomberos a los tribunales: “Estaban aquí, no hicieron lo suficiente”. No entienden. Pagan sus impuestos para que los bomberos apaguen el fuego».

Ese enfoque centrado en lo que se estaba perdiendo, considera Castellnou, fomenta el uso ineficiente de recursos y distrae la atención de lo que una gestión de incendios más reflexiva podría ofrecer al territorio y que debería centrarse en cómo «tus acciones ayudarán a la sociedad a vivir mejor en ese territorio del futuro».

Según Castellnou, «Lo consideramos como una pérdida, pero estamos creando el panorama del mañana, y no se puede crear un nuevo panorama desde una mentalidad defensiva».

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