No sé cuántos biólogos forman parte de este ilustre Colegio Oficial de Ingenieros de Montes. Espero no ser el único, y lo digo porque allá en 1975, cuando acabé mi carrera de Biología en la Universidad de La Laguna, un biólogo en el Colegio de Montes era algo impensable. Mi promoción fue la 5ª de una carrera bastante nueva, y el Instituto para la Conservación de la Naturaleza, el ICONA, que apenas llevaban cuatro años de existencia, estaba poblado casi exclusivamente por ingenieros de montes. Y la verdad, es que nos llevábamos como el perro y el gato. Recuerdo que más de uno, siendo estudiantes, le añadíamos a los letreros del ICONA una virgulilla para convertirlos en “ICOÑA”. Yo mismo escribí algún que otro artículo en la prensa local donde criticaba acciones propuestas por ICONA que me parecían desatinadas, como, por ejemplo, el introducir truchas en el monte de Garajonay, que luego llegaría a ser parque nacional y Patrimonio de la Humanidad. Eso sí, iba a la pelota, nunca al jugador, que es como se debe abordar toda crítica bienintencionada.
Así las cosas, un buen día, recién licenciado y trabajando ya en la universidad como precoz profesor de Ecología, aparecieron por mi improvisado despacho en los sótanos del antiguo edificio José Miguel González, Jefe Provincial del ICONA, y Juan Nogales, Inspector Jefe Regional. ¡Cielos! Venían a por mí. Y así fue, pero en el buen sentido. Me ofrecieron incorporarme al ICONA. Ni yo, ni ellos mismos, creo, sabíamos que —podía aportar, pero José Miguel fue claro:
—Mira – me dijo— en la universidad se estudian y proponen cosas. En el ICONA las hacemos.
Acepté la oferta como “asesor técnico” y arranqué como pluriempleado: año 1976.
Y no le faltaba razón. Fue la primera lección que recibiría de José Miguel. Luego descubrí que en el mundo de la gestión hay que bailar en la cuerda floja. En un extremo está la ciencia, que, si la dejas, se eterniza buscando y buscando más datos persiguiendo una certidumbre que rara vez se alcanza. Y en el otro extremo está la gestión. A un ingeniero le das dos datos, el alto y el largo, y te hace un puente, pero a riesgo de encontrarse con efectos colaterales imprevistos y no deseables. De ahí —caricatura aparte— que ese difícil equilibro entre buscar datos suficientes y actuar sin que los plazos y límites presupuestarios se desmadren, es lo que caracteriza al mundo de la gestión.
José Miguel González, Juan Nogales y luego Francisco Ortuño se convirtieron en una suerte de tri-padrinato que apostó por mi formación en conservación de la naturaleza. Porque muchos biólogos pensábamos (y aun los hay que así piensan), que habiendo estudiado Biología o conociendo la naturaleza y sus elementos, sabes de conservación. Nada más falso. Hay que estudiar mucho más, conocer la legislación a fondo, aprender a hacer propuestas y familiarizase con la gestión manipulativa (“managment”) de especies silvestres y hábitats naturales. Y, además, que hay amar a las personas al menos tanto como a los animales (y lo digo consciente del calado que tienen estas palabras).
En más de una ocasión tuve que aclarar que la diferencia entre un ecólogo y un ecologista, es la misma que hay entre un sociólogo y un socialista; una profesión versus una militancia. Por suerte, fui aceptado como ecólogo y sin reticiencias por los otros ingenieros que trabajaban en el ICONA de Canarias: Marcos Peraza, José María Galeán, Manuel Díaz Cruz e Isidoro Sánchez, que hoy nos iba a acompañar, pero ha sufrido un percance justo cuando venía junto con Paco Rodríguez, que aparecía y desaparecía en función del proyecto de turno. Y a pesar de la cara angelical que siempre ponen los dos, me barrunto que tienen algo que ver con que hoy esté aquí dirigiéndome a ustedes. Pero también me he acabo de enterar que hay unos cuantos responsables más en la Junta Directiva de este Colegio. Gracias, de corazón.
De todos ellos obtuve apoyo y paciencia, porque es verdad que a menudo ejercía un poco de enfant terrible. Y al fin y al cabo, para ser biólogo, no lo hacía tan mal. Quizás, los más desconcertados eran nuestros entrañables guardas preautonómicos, porque tenía pinta de ecologista, pero también mandaba. En sus escritos se referían a mi como “el biólogo de montes” o el “ingeniero biólogo”.
En 1980 saqué las oposiciones al ICONA, siendo director José Lara, y Maximiliano Elegido el presidente del Tribunal. Pero ese mismo año falleció mi padre y tuve que hacerme cargo de la empresa familiar agrícola. Demasiados frentes para un jovenzuelo de 27 años. Tenía que elegir entre la Universidad y el ICONA.
La Universidad, en aquella época, me parecía bastante elitista, teórica y un tanto cainita; de manera que opté por el ICONA, cautivado por la sensación de compañerismo, calidez humana y espíritu de servicio que allí imperaban y que se mantuvieron hasta su transformación en la Dirección General de Conservación de la Naturaleza y posterior extinción en 1995.
Paco Ortuño, al igual que hizo con varios ingenieros de montes, me envío a cursar el Seminario Internacional de Áreas Protegidas y Reservas Equivalentes que organizaba el Servicio Nacional de Parque de Estados Unidos, Parcs Canada y la Universidad de Michigan. Este curso teórico-práctico sería el germen del renacer de los parques nacionales en España y del actual elenco de profesionales de todo tipo que hoy se dedican a esta noble actividad. Y eso fue en una época donde el cantonalismo gremial seguía siendo un importante lastre en nuestra Administración. Recuerdo bien el día que presenté en Madrid el encargo de José Miguel González de elaborar planes especiales de protección de espacios naturales en Canarias a través de la Ley del Suelo.
—Pero ¿cómo que la Ley del Suelo? — me espetó un perplejo José Luis Aboal. – ¡Esa ley es del MOPU!
—Anda, pues yo pensé que era de todos los españoles. … Y no, no me tiró por la ventana.
La segunda gran lección que recibí de José Miguel González tuvo que ver con este proyecto. Después del gran esfuerzo realizado y la ingente información generada, los planes de protección parecían languidecer en cada cabildo insular, víctimas de la burocracia de turno y alguna que otra reticencia política. Andaba yo, lógicamente, bastante melancólico tras el esfuerzo sin resultados.
—No te preocupes, Antonio; los datos que has incorporado en los planes no mueren. Hay muy pocas iniciativas que aporten información nueva. Te sorprenderás. Aunque los planes no se aprueben, verás que esa información aparecerá una y otra vez en futuros proyectos, y tendrá su efecto.— Y así fue.
La tercera lección de José Miguel sería más sutil. En aquellos tiempos había muchas rencillas entre las diferentes instituciones; el ICONA, el MOPU, el INIA, el CSIC, etc. Yo veía planes maquiavélicos y conspiraciones por todas partes —muy propio de mi joven edad. José Miguel, sin embargo, escuchaba atento mis sospechas y elaborados raciocinios, cavilaba un rato, fruncía el ceño y sentenciaba:
—¡Nah! ni te preocupes. Lo que hay…, pura chapuza.
Estas son algunas de las enseñanzas que recibí de un ingeniero de montes muy singular, como fue José Miguel González, a quien quiero rendir un sentido homenaje el día de hoy y en esta sede. Y de haber estado Isidoro Sánchez aquí presente, podría seguir en esta misma línea o con sus enseñanzas en otro orden de cosas, como la bonhomía o las revelaciones gastronómicas que atesoraba el ICONA, que también son importantes y dejan huella.
Pero no. Se agota mi turno y me gustaría cerrar con la última enseñanza que destila de mis dos décadas de servicio en el ICONA. En la etapa final, en las mesas de trabajo de cualquier proyecto algo complejo, nos sentábamos biólogos, geógrafos, ingenieros de montes, sociólogos, arquitectos paisajistas, economistas, juristas ambientales y cualquier otra profesión si lo requería el caso. La lección es obvia. El trabajo en equipo multidisciplinar es mucho más eficaz a la vez que más enriquecedor. Y todos son buena gente… ingenieros incluidos.
Acabo expresando dos sentimientos que quisiera compartir con ustedes.
Nostalgia y gratitud.
Muchas gracias.
