
Fotografía 1. Monitorización de crecimiento en una parcela experimental (Bosque viejo en Sierra de Cazorla, Jaén)
Por Javier Vázquez Piqué. Ingeniero de Montes. Investigador de la Universidad de Huelva.
Cuando pensamos en un bosque viejo a cada uno de nosotros nos vendrá probablemente una imagen distinta a la cabeza: unos imaginaremos árboles muy grandes, otros veremos mucha madera muerta en el suelo y árboles muertos en pie, algunos intuiremos mucha diversidad de tamaños, la mayoría pensaremos en mucha biodiversidad; y otros verán una oportunidad perdida de obtener un aprovechamiento rentable a corto plazo. Todos tendremos en parte algo de razón. Y todos nos habremos dejado algo en el tintero.
Pero no nos preocupemos, entre la comunidad científica y académica tampoco existe una definición única de lo que es un bosque viejo: algunas definiciones enfatizan la ausencia de perturbaciones humanas (estos bosques tienen abundancia de árboles viejos, algunos de los cuales se aproximas a la edad máxima de la especie), otras establecen una edad mínima (típicamente 150 años), combinada con la presencia de troncos caídos, árboles muertos en pie, claros en el dosel, etc; algunas aproximaciones se enmarcan dentro de la sucesión ecológica, definiendo los bosques viejos dentro de los estadios últimos de evolución en la sucesión forestal, mientras que otras utilizan un umbral económico (los rodales han superado el óptimo económico para su aprovechamiento).
Sea cual sea la definición de bosque viejo, de lo que sí existe unanimidad en la comunidad científica es en su insustituibilidad y escasez, lo que ha convertido su protección y conservación en una preocupación global. Se estima que los bosques viejos bien conservados ocupan solo el 0,7% de la superficie forestal total en Europa debido a la larga historia de gestión forestal intensiva y uso del suelo, y solo el 46% de estos bosques están estrictamente protegidos. En la región mediterránea este porcentaje es incluso menor, encontrándose fundamentalmente en reservas forestales, o en zonas montañosas remotas.

Fotografía 2. Bosque viejo en la Sierra de Cazorla (Jaén). Fotografía: Reyes Alejano
Los bosques viejos son auténticos tesoros vivientes y vestigios del pasado. Los árboles tienen una enorme capacidad de registrar las condiciones del medio en el que han vivido y la historia biológica del bosque, por lo que podemos imaginar por un momento las historias que son capaces de contarnos Matusalén, de más de 4800 años (Pinus longaeva, Montañas Blancas, California , EEUU), el enebro (Juniperus communis) con porte arbustivo de 1647 años recientemente descubierto en Laponia (Finlandia), el cedro (Juniperus cedrus) de 1481 años de la isla de Tenerife o los pinos salgareños (Pinus nigra subsp. salzmannii) de más de un milenio de la Sierra de Cazorla (Jaén). En este sentido se les puede considerar como auténticos registros vivos de la evolución ambiental de los últimos siglos o milenios y solo por ello merecedores de protección, cuidado e investigación.
Los bosques viejos son claros testigos del pasado pero, ¿pueden ser también un modelo del futuro que queremos para nuestros bosques?. En este contexto los bosques viejos exhiben algunas características de que son muy relevantes en el contexto socioeconómico actual y que se acentuarán en el futuro, como es su capacidad para proporcionar numerosos servicios ecosistémicos. Entre estos servicios podríamos destacar el del mantenimiento de la biodiversidad, la singularidad de su paisaje y el almacenamiento de carbono a largo plazo. Con relación a la dinámica del carbono hay que indicar que ya de por sí los bosques desempeñan un papel fundamental en la mitigación de los efectos del cambio climático antropogénico debido a su capacidad para fijar grandes cantidades de carbono . Actualmente, los bosques de la UE absorben alrededor del 10% de las emisiones totales de la Unión, por lo que se los considera “soluciones naturales” al cambio climático. En el caso de los bosques viejos, se pensó durante décadas que eran neutros en carbono, alcanzando un estado de equilibrio en el intercambio neto con la atmósfera, pero se ha demostrado que existe una relación más dinámica con la edad y que los bosques pueden seguir fijando carbono hasta edades muy avanzadas independientemente de la especie, el bioma forestal o el entorno competitivo. Así, los bosques viejos no solo actúan como importantes reservorios de carbono (por ejemplo, los bosques viejos templados pueden almacenar las mayores cantidades de carbono por unidad de superficie de entre todos los ecosistemas terrestres) sino como fijadores activos, por lo que no es de extrañar que la UE incluya entre sus estrategias de mitigación la conservación de árboles viejos para asegurar el secuestro de carbono a largo plazo. Así, la conservación y promoción de los bosques viejos puede ser una estrategia orientada a reducir las emisiones netas de dióxido de carbono y moderar la influencia del cambio climático futuro.
Otros aspectos relevantes que potencian la conservación de estas masas es que son sistemas de referencia importantes para investigaciones que buscan comprender la dinámica forestal, pueden servir de modelo para diseñar enfoques de gestión forestal cercanos a los procesos naturales. y también proporcionar información valiosa sobre la resiliencia de los ecosistemas forestales al cambio climático.

Fotografía 3. Árbol milenario en la Sierra de Cazorla (Jaén)
La respuesta entonces a la pregunta de si los podemos utilizar como modelos de gestión futuros de nuestros bosques es que en parte sí. Evidentemente no podemos tratar de gestionar todas muestras masas para convertirlas en bosques viejos y debemos seguir realizando una gestión sostenible de las masas forestales que aseguren su conservación y promueva su rentabilidad. Pero en el panorama forestal de las próximas décadas sin duda existe espacio y territorio para que encaminemos a un porcentaje de las masas forestales a estadios más avanzados de la sucesión forestal, generando estructuras diversas con un rango amplio de edades y conservando árboles de más edad en su estructura. Recordemos que en las últimas tres décadas la superficie forestal en España se ha incrementado en alrededor de seis millones de hectáreas y que dada la distribución actual por edades de los pinares de montaña, una gran superficie forestal superará los 100-120 años en las próximas décadas.
Parece que tenemos el espacio y la oportunidad pero, ¿tenemos los conocimientos necesarios para utilizarlos como modelos?. Todavía tenemos mucho que investigar y que conocer sobre ellos, empezando por lo más básico que es su identificación, imprescindible para su conservación y mantenimiento aunque solo unos pocos países han inventariado sistemáticamente los bosques viejos que conservan. Análogamente, la influencia de la edad del árbol sobre el crecimiento y la posterior acumulación de biomasa y carbono, y su relación con la sequía, sigue estando poco estudiada, especialmente en bosques viejos estructuralmente heterogéneos. Por otro lado, comprender la dinámica del carbono en los rodales de bosques viejos y evaluar la influencia de los episodios de sequía y la edad de los árboles en esta dinámica se vuelve esencial para valorar todo el potencial de mitigación del carbono forestal como parte del ciclo general de vida del carbono. Además, aún no está claro si los árboles jóvenes y viejos de la misma especie muestran una plasticidad similar frente al cambio global, y pocos estudios han examinado la posible respuesta de árboles grandes y viejos que coexisten con individuos jóvenes ante tendencias de calentamiento/sequía.
Otros aspectos que requieren de nuestra investigación es el conocer si la edad del árbol puede influir en la composición y función de las comunidades microbianas, si son los bosques viejos un reservorio de biodiversidad microbiana y, por tanto, están más preparados para las perturbaciones bióticas que las masas más jóvenes. Para preservar los bosques viejos también es necesario investigar la capacidad de las especies para mantener su capacidad reproductiva (producción de semillas viables y su capacidad de germinación), de modo que no se ponga en peligro la persistencia de los bosques.
Desde hace algunos años, y con financiación del Plan Nacional de I+D+i, varios compañeros del Departamento de Ciencias Agroforestales de la Universidad de Huelva, en estrecha coordinación con el Departamento de Dinámica y Gestión Forestal del Instituto de Ciencias Forestales del INIA – CSIC (Madrid) y la Escuela de Capacitación Forestal de Vadillo (Jaén) venimos colaborando en la investigación de bosques viejos mediante el análisis de tecnologías para su detección, la influencia de la edad en aspectos relacionados con la dinámica del carbono o en la influencia de la edad en la viabilidad y germinación de las semillas, entre otras temáticas. Debemos hacer un esfuerzo desde los ámbitos político, de gestión e investigador para aprovechar el espacio y oportunidad que se nos abre para, por un lado, identificar y proteger a estas masas testigos del pasado y, por otro, encontrar y delimitar los espacios donde se pueda fomentar su expansión en las próximas décadas. No podemos permitirnos perder nuestra memoria forestal.
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