Manuel de Luque, el forestal que “persigue” al coronavirus con infrarrojos

Lo curioso de esta historia es que Manuel de Luque, aunque se afana en detectar al coronavirus, no es sanitario, sino ingeniero técnico forestal. En la imagen aparece con la bata de su padre, un pediatra fallecido hace año y medio.

Vestido con bata blanca, Manuel de Luque podría parecer uno de tantos sanitarios qué están combatiendo sin tregua al coronavirus ya sea desde el laboratorio o, al pie del cañón, en la atención directa a enfermos. Porque el virus que causa el COVID-19 es un asesino en serie que se ha cobrado ya más de 25.000 vidas en nuestro país y casi 300.000 en todo el mundo.

Su mejor arma es el sigilo con el que actúa a la hora de propagarse, ya que puede estar emboscado en cualquier persona, sin que esta manifieste ningún síntoma pero con capacidad de contagiar. De ahí la importancia de poder detectarlo de forma fácil y rápida para detener su letal expansión.

Y eso es precisamente en lo que se afana Manuel de Luque. Pero lo curioso de esta historia es que Manuel no es sanitario, sino ingeniero técnico forestal. Sin embargo, en la imagen lleva una bata blanca muy especial, la de su padre, Luis de Luque Medel, pediatra, que falleció hace año y medio.

Aunque Manuel lleva la medicina en los genes por partida doble (su abuelo también fue médico), eligió ser forestal “por amor al monte, y porque es la profesión más bonita del mundo”, asegura. Pero ahora, ironías del destino, su profesión se acerca a la de su padre, cuya bata lleva como homenaje, en una época en la que probablemente le recuerde más viendo la abnegada labor de tantos sanitarios que están en el frente de batalla.

¿Cómo acaba un ingeniero técnico forestal luchando contra el COVID-19?

“Llevamos ya bastantes años trabajando con la espectrometría de infrarrojo cercano (NIRS) aplicado al campo forestal. Esta técnica es capaz de registrar las propiedades de la materia mediante pulsos de energía sobre una muestra en el espectro de absorción que se extiende desde el visible (780 nanómetros) hasta los 2.500 nm (infrarrojo cercano)”, explica De Luque, director de Boscalia Technologies, centrada en I+D+i, con la que acometen este proyecto, y Gea Forestal, en el ámbito de la consultoría.

La espectrometría del Infrarrojo Cercano (NIRs) tiene una gran variedad de aplicaciones y Boscalia Technologies es pionera en su orientación al sector forestal. Las aplicaciones que investiga y desarrolla Boscalia son tan variadas como determinar la especie botánica de la madera, el contenido en tricloroanisoles y otros contaminantes del corcho, determinar el origen geográfico de los productos forestales o complementar los análisis de imágenes hiperespectrales de satélite con datos sobre el terreno para la creación de modelos predictivos remotos, explica De Luque.

Aunque sin duda, en estos momentos de pandemia, la aplicación estrella es la que están perfeccionando ahora. Junto con la Universidad Rey Juan Carlos, Boscalia ha volcado su experiencia y recursos en el desarrollo de una herramienta de detección rápida del COVID-19 que ayude en la cuantificación de los contagios y contribuya a paliar sus efectos sobre la salud y la economía mediante análisis masivos que esperan que pueda llevase a cabo en un futuro muy próximo.

“Caímos en la cuenta de esta posibilidad a través de una investigadora de la Universidad Rey Juan Carlos con la que colaboramos mucho. Me planteó si no podríamos probar a detectar el SarsCov2 con NIRs, y a partir de ahí fuimos tirando del hilo”, señala. Un hilo que ha llevado hasta Valencia a este equipo madrileño formado por investigadores de la Universidad Rey Juan Carlos y la startup Boscalia Technologies para probar su innovadora técnica de infrarrojos en la detección el Covid-19 en fluidos humanos. Su hipótesis de partida es que esta técnica precisa, rápida y económica podría detectar el coronavirus en menos de un minuto mediante un aparato relativamente económico, que no requiere de reactivos ni especialización por parte de quien lo utiliza. El objetivo es hacer cientos de análisis diarios a bajo coste.

“No vemos el virus, no lo detectamos, sería prácticamente imposible, porque utilizamos una técnica indirecta. Lo que nosotros vemos son las diferencias generales de la matriz, es decir, el conjunto del virus, los anticuerpos, los macrófagos, las células modificadas y los metabolitos que se generan por la infección. Todo este conjunto da una respuesta distinta a la que proporciona una muestra libre del virus de una persona sana” al exponerla al infrarrojo cercano, explica Manuel de Luque.

Diciéndolo de un modo muy coloquial, esta técnica detectaría el campo de batalla que genera el virus cuando infecta a una persona. “Lo que hacemos es diferenciar, a través de estadística, entre una muestra sana y otra enferma. Y probablemente no acabemos de saber qué elementos específicos son los que nos dan esa información. Es lo mismo que nos ocurre con la madera. Podemos distinguir si una pieza de madera es de pino silvestre o de P. pinaster, pero no sabemos exactamente qué componentes de la madera nos dan esa información, lo que sabemos es que esta técnica nos permite diferenciar entre ambas”, matiza De Luque.

Para probar esta hipótesis tuvieron acceso en el hospital Clínico de Valencia a muestras humanas infectadas por SarsCov2 y muestras sanas, “pero a los pocos días ya estábamos muestreando en Madrid también, en el Hospital Fundación Alcorcón y en el Hospital General Universitario Gregorio Marañón. Tenemos ya unas 1.200 muestras, la mitad positivas y la otra mitad negativas”, añade este ingeniero técnico forestal.

Fiabilidad de la técnica

Aún es pronto para determinar la fiabilidad de la técnica, pero “lo que nos anima a seguir es que los últimos ensayos están dando unos porcentajes de acierto del orden del 75%, que en esta fase del proyecto es muy prometedor, porque es previsible que lo podamos mejorar. En esto quiero ir con pies de plomo, pero es suficiente para demostrar que vale la pena seguir y para que los hospitales nos abran la puerta y nos den acceso a sus cámaras de bioseguridad y a sus muestras”, detalla.

Llevan solo un mes y medio con el ensayo, y aunque De Luque se muestra muy prudente y no aventura que los porcentajes de acierto puedan incrementarse otro 5%, este escaso margen que  situaría la fiabilidad de esta técnica en un 80%. Ese “ligero incremento” en la fiabilidad abriría la puerta a un estudio poblacional diseñado por epidemiólogos, que ya tenemos más o menos visto, para tener un modelo robusto. “Esto ahora mismo podría ser muy importante y llevamos mes y medio sin parar para lograrlo”, añade. A los clínicos la idea les gustó desde el principio, “lo bonito de los hospitales es que aúnan la investigación con la atención a pacientes. A ellos les pareció muy interesante la idea. Y viendo los resultados preliminares tienen ganas de trabajar con nosotros”.

La técnica no necesita reactivos, solo exponer el bastoncillo con la muestra nasofaríngea al infrarrojo cercano

Manuel de Luque aclara que no van a superar a la PCR, “ni la vamos a igualar, pero si podemos ofrecer una solución muy barata para que cualquiera pueda estar a la entrada de un recinto donde haya mucha gente”, para saber en un minuto si la persona está o no infectada. Un aspecto muy interesante en esta fase de desescalada, en la que bares, restaurantes, hostelería y otros negocios hasta ahora cerrados se prevé que empiecen a funcionar.

Esto se hace ahora con un aparato comercial que no sería asequible a cualquier usuario. Pero si esto funciona, el éxito es independizarnos de este tipo de equipos y las casas que lo comercializan y fabricarlo aquí en España. Y eso sí que tenemos claro, por nuestros prototipos relacionados con la madera, que se podría abaratar del orden del 10 veces, con un precio final que oscilaría entre 5.000 y 10.000 euros”, explica.

¿Y para cuándo estaría listo todo esto que facilitaría tanto la fase de desescalada al detectar la presencia del virus? Pues una buena noticia complica un poco la situación, porque lo hemos hecho tan bien durante el confinamiento que el contagio ha disminuido: “Afortunadamente, ahora el número de positivos en coronavirus está disminuyendo mucho. Cuando empezamos hace un mes, en dos días ya teníamos muestras para trabajar. Ahora el ritmo de positivos es tan bajo que dificulta nuestro trabajo,  un proceso iterativo para mejorar la técnica. Aún así yo creo que saber si esto va a funcionar es cuestión de semanas”.

Si todo va como esperan, podrían tener el método implementado para los picos que puedan llegar en otoño/invierno. “Es previsible que nos tengamos que acostumbrar a convivir con esta enfermedad durante un tiempo”, precisa. Y adelanta que una vez implementada la tecnología se podría utilizar para otras enfermedades. Algo a tener en cuenta a la hora de considerar la opinión de los virólogos que aseguran que este tipo de pandemias se repetirá, a tenor de lo que ocurrido en los últimos años.

Equipo multidisciplinar compuesto por forestales y expertos en medio ambiente, al inicio, a los que se unieron después, a medida que la idea tomaba cuerpo, biólogos moleculares y otros perfiles muy especializados. “En poco tiempo hemos sabido contactar con los mejores en cada campo”, destaca Manuel.

 

Acerca de Pilar Quijada Garaballú

Gabinete de Prensa COIM
Marcar como favorito enlace permanente.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *