¿Error o estrategia? El legado de Luis Ceballos y la verdad tras los pinos en España

Para gran parte del público, un denso pinar en una ladera de un monte español es la imagen de una intervención humana artificial y, a menudo, cuestionada. Existe la creencia de que estas masas forestales son meros «monocultivos» que han “usurpado” el lugar de los bosques autóctonos de encinas, robles o hayas. Sin embargo, lo que suele etiquetarse como un error de planificación es, a la luz de la historia, una acertada herramienta técnica de la ciencia forestal. ¿Por qué los ingenieros de montes han insistido en los pinos durante décadas si el objetivo final son las frondosas? … La respuesta no reside en un capricho estético, ni mucho menos (como se dice a menudo) en una visión productivista o cortoplacista, sino en una comprensión profunda de la evolución de las comunidades vegetales, que deriva de la experiencia de más de 140 años de repoblaciones en España, y del legado de figuras clave de la ciencia ecológica en España, como Luis Ceballos.

La idea de que podemos restaurar un bosque maduro de robles o encinas en un terreno degradado por siglos de acción humana es, en términos técnicos, un idealismo alejado de la realidad biográfica del suelo y de la ecología vegetal. El gran ingeniero de montes y excelente naturalista Luis Ceballos (1896-1967), cuyas teorías geobotánicas sirvieron de base al Plan Nacional de Repoblación Forestal de 1939, fue tajante al respecto. Para él, la reconstrucción de la «selva original» en una región sometida a una acción antrópica secular era imposible sin etapas intermedias: «devolver a los Quercus en los actuales montes de esta región [Castilla] el dominio que tuvieron en el antiguo bosque nos parece una pura fantasía«. Pero ¿por qué?

La fantasía del retorno inmediato al bosque original

En la jerarquía de la vegetación, especies como el roble, el haya o el abeto son consideradas «especies aristocráticas». Esta distinción no es un juicio de valor estético, sino una descripción de sus altísimas exigencias ecológicas. Estas especies “nobles” son, en su mayoría, esciófilas (amantes de la sombra) o requieren una humedad y profundidad de suelo que simplemente no existen en una ladera erosionada.

Para que un roble prospere, necesita un «ambiente forestal» previo. Este concepto implica la existencia de un «techo» (dosel arbóreo) y un suelo con cierta complejidad orgánica. Sin estas condiciones, la instalación de las frondosas está condenada al fracaso. No pueden ser las pioneras en un desierto de piedra; necesitan que otras especies preparen el terreno y creen el microclima necesario.

Por tanto, en zonas deforestadas desde antiguo, donde la huella del hombre ha sido profunda y constante causando pérdida de suelo y dejando plenamente expuesto a la insolación, pretender recuperar la vegetación original de forma instantánea sólo conduce al fracaso: el escenario físico ha cambiado drásticamente como consecuencia de la degradación causada por el hombre, y por tanto también han cambiado las especies más adecuadas para lograr la reintroducción de una masa arbórea. Esa dura experiencia la vivieron los ingenieros de montes que trataron de repoblar con especies frondosas en el siglo XIX: por ejemplo, en la primera repoblación del Moncayo zaragozano (1888-1893) se usaron especies como el haya, el roble o el castaño, sólo para encontrarse con fracasos año tras año.

El pino como «la plebe del mundo vegetal»

Frente a la exclusividad de las frondosas, los pinos presentan un carácter diametralmente opuesto. Son especies frugales, capaces de subsistir en suelos esqueléticos, y poseen un amplio temperamento, lo que les permite resistir insolaciones extremas, vientos y heladas que matarían a cualquier brote de encina.

Ceballos utilizaba una metáfora sociológica para explicar esta función colonizadora, describiendo al pino no como un invasor, sino como un colaborador indispensable: «Otras, en cambio, más frugales y de amplio temperamento, son las que colonizan el terreno y lo preparan para hacer posible la instalación de las nobles… entre las muchas especies de esta democracia del mundo vegetal están los pinos«. Bajo esta óptica, el pino realiza el «trabajo sucio» de la restauración. No es el fin último, sino la herramienta que permite empezar a recuperar la vida en unos suelos donde antes no crecía nada. Esta teoría de Ceballos se vio ampliamente respaldada en décadas posteriores por la ciencia ecológica internacional, como en el trabajo de referencia de Connell y Slatyer (1977), que dieron a este mecanismo mediante el cual las especies pioneras ayudan a la instauración bajo su sombra de especies más delicadas el expresivo nombre de “facilitación”.

La «Escala Progresiva»: Realismo Mediterráneo vs. Idealismo Ecológico

Para entender la reforestación española, debemos visualizarla como una escala progresiva o una escalera de vegetación. En esta escala, no se puede saltar directamente al piso superior (el bosque de Quercus) si faltan los peldaños inferiores. El pino es, precisamente, ese peldaño que, si falta, no permite usar la escalera.

Reforestar las «laderas descarnadas» de nuestra geografía es una labor de protección física. El papel del pinar es detener la erosión catastrófica, frenar la pérdida de tierra y permitir que, bajo su sombra, comience el proceso de sucesión vegetal. Es un estado de transición necesario: el pinar protege al suelo para que ese suelo, con el tiempo, pueda sostener al encinar.

A menudo, las críticas a la reforestación española nacen de modelos ecológicos aplicados en otras latitudes, como América del Norte. Sin embargo, Ceballos y sus contemporáneos señalaban una diferencia fundamental: mientras que los forestales americanos trabajan sobre paisajes apenas modificados, los españoles deben gestionar una geografía profundamente antropizada.

Esta realidad exige un «realismo» que a veces choca con el “idealismo botánico”. Las necesidades económicas de un país y la urgencia de proteger infraestructuras (como evitar que los embalses se colmaten de sedimento) obligan a menudo a asegurar cuanto antes una cubierta arbórea que no sólo es rápida y eficaz, sino que acelera la introducción bajo su dosel protector de las especies más delicadas. Los aspectos sociales, económicos y ecológicos se ven, los tres, beneficiados simultáneamente.

La mejor prueba de cuanto llevamos expuesto la tenemos precisamente en el estado en que hoy están las repoblaciones más antiguas hechas en España. La ciencia forestal nos enseña que las repoblaciones no tienen una dinámica vegetal particular: pasan por las mismas fases dinámicas que cualquier rodal arbolado de origen natural, si bien (al partir de condiciones de gran homogeneidad) lo hacen de una manera mucho más marcada. Pues bien, la mayor parte de las repoblaciones hechas en España son aún jóvenes; es decir, lo que se entiende por jóvenes en el tiempo forestal (de cuarenta a setenta años). Eso las sitúa (como en las masas de origen natural) en el momento de mayor simplificación del ecosistema. Pero si vamos a ver las repoblaciones hechas hace más de un siglo (Canfranc, cuenca alta del Gállego, cuenca del Jiloca, cuenca del Lozoya, Sierra Espuña, etc.), encontramos, mezcladas con los pinos y a menudo sustituyéndolos, muy abundantes frondosas. Y por cierto: estas repoblaciones no se han quemado, tras más de un siglo de existencia.

Esto prueba que los ingenieros de montes acertaron en el diseño de sus repoblaciones con distintas especies de pinos, y que éstas no sólo han cumplido plenamente las funciones para las que fueron instaladas (creación de masa forestal, corrección de problemas torrenciales y mejora del paisaje), sino que también han desempeñado muy satisfactoriamente otras (como el fomento de la biodiversidad, o la protección de la fauna), llegando a constituir bosques naturalizados de un singular interés.

El verdadero reto del siglo XXI

Es fundamental entender que el problema actual de los grandes incendios que estamos padeciendo en la actualidad no radica en el origen de nuestras masas forestales, sino en la falta de una gestión forestal activa y en la respuesta a un escenario climático radicalmente distinto. Históricamente como ya hemos mencionado, las repoblaciones de coníferas se plantearon como una «labor de sacrificio» imprescindible para proteger suelos que estaban totalmente desmantelados y degradados tras milenios de acción humana.

Sin embargo, hoy nos enfrentamos a un «nuevo clima» donde el verano térmico se ha alargado 40 días, convirtiendo esa biomasa en combustible crítico si no se interviene. El desfase es evidente: mientras el entorno se vuelve más hostil, seguimos destinando el 80% de los presupuestos a la extinción y apenas un 12% a la prevención y gestión del combustible acumulado. No fallaron los ingenieros del pasado al restaurar el monte; el desafío actual es gestionar ese legado para que sea resiliente ante las condiciones extremas de hoy.

Hacia una visión más madura de nuestra naturaleza

Entender el valor de un pinar requiere abandonar la visión del bosque como una fotografía fija y empezar a verlo como un proceso dinámico y evolutivo. El conocimiento forestal ha avanzado enormemente desde 1939, pero las lecciones de Ceballos siguen vigentes: no se puede reconstruir la clímax de un bosque sobre un suelo que ha perdido su alma, y un clima que además se va haciendo cada vez más caluroso y agresivo.

Aceptar la función del pino es aceptar la paciencia que la naturaleza exige en ambientes mediterráneos degradados. El pinar es la promesa de un futuro bosque de frondosas, una etapa de transición que nos obliga a plantear una reflexión final: ¿qué es más cercano a la naturaleza: imitar sus procesos y apoyarlos, como hicieron y hacen los ingenieros de montes, o pretender forzarla para que responda a nuestros propios prejuicios de lo que es una “naturaleza perfecta”? La respuesta parece obvia.

Acerca de Ignacio Pérez-Soba Díez del Corral

Decano del Colegio Oficial de Ingenieros de Montes en Aragón y Presidente del Comité de Deontología del COIM.
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