LA MISIÓN DE LOS FORESTALES, por Gabriel A. Gutiérrez Tejada

Discurso pronunciado en el Instituto de la Ingeniería de España el 4 de octubre de 2024 durante el acto conmemorativo de la festividad de San Francisco de Asís

A modo de agradecimiento:

Pocas sensaciones más satisfactorias hay, en el ámbito profesional y personal, que el reconocimiento a la labor diaria, sea ésta profesión, vocación o, como es el caso, la profesión de una vocación que, si bien hunde sus raíces en los montes y sierras andaluzas, mucho tiene de iniciático en esta ciudad de Madrid.

 Con esta distinción refuerzan ustedes la convicción atávica de este humilde forestal de a pie y bastón: que nuestro lugar está en el monte. Algo tan aparentemente evidente como olvidado en nuestros días, que debemos conservar como la quintaesencia de este oficio.

 Debo dar las gracias al Colegio Oficial y Asociación de Ingenieros de Montes, especialmente a los equipos directivos que este año se han dado el relevo, por su generosidad al concederme este honor del que, necesariamente, he de hacer partícipes a tantos compañeros en Andalucía.

 Permítanme, por último, compartir con ustedes un recuerdo especial para don Jacobo Ruiz del Castillo, que con su nombre honra este reconocimiento y cuya obra es una inspiración constante para los forestales españoles:

Hace casi 25 años, en su trabajo sobre “Paisajes forestales e ingeniería de Montes”, la profesora Josefina Gómez Mendoza citaba a Ortega y sus meditaciones sobre el Quijote: “La misión de los árboles patentes es hacer latentes el resto de ellos y sólo cuando nos damos perfectamente cuenta de que el paisaje visible está ocultando otros paisajes invisibles, nos sentimos dentro de un bosque.

La misión de los forestales patentes de hoy, consolidada la defensa histórica del dominio público forestal y la restauración de muchos de los montes españoles, es hacer latir la actividad del resto y conferir notoriedad a esos múltiples paisajes invisibles que sustentan la biodiversidad, los recursos naturales, y un legado cultural fruto de la relación del ser humano y el monte.

Paisajes culturales, pues, que siempre se antojan lejanos y que tenemos la responsabilidad de acercar a la ciudadanía, a la urbana y la rural, con perspectivas cada vez más similares y ajenas a los auténticos procesos del monte. Una labor dirigida a muchos que las circunstancias históricas han reservado a muy pocos.

Porque somos pocos. Siempre lo hemos sido. Pero eso nunca fue obstáculo para acometer una labor inmensa desde aquellas legendarias comarcas forestales en las que, con tesón y no poca fe, algunos de los nuestros escribieron las páginas más reseñables de la historia forestal contemporánea de España, denostada por algunos, desconocida por la mayoría.

¿Saben de verdad nuestros conciudadanos la relevante tarea de defensa de los pueblos de España realizada por los forestales?

La respuesta es “no” y nuestra misión, en pleno siglo XXI, es trabajar para que sea “sí”, para que se conozcan las necesidades que impulsaron la acción forestal del pasado, se comprendan mejor las del presente y, juntos, diseñemos las bases de la política forestal del futuro, cuestión ésta estratégica para los designios del conjunto de la sociedad.

A las tareas propias del desempeño de nuestra profesión, debemos incorporar la de la comunicación, quizá la más necesaria de todas en la actualidad. La naturaleza humana, ávida de inmediatez, requiere de mucha pedagogía en esto del manejo del monte y resulta vital la comprensión del pensamiento catedral, que hizo posible la construcción de las grandes obras de la humanidad, para dar la necesaria continuidad a la labor forestal de todo tiempo.

No olvidemos, debo insistir, que somos el reflejo de una sociedad en movimiento, cada vez más lejos del monte. Retomemos la prédica con el ejemplo y acerquémonos a este, de nuevo, para reconstruir lo bueno y demoler lo viejo; para innovar en la medida de lo posible sin perder, nunca más, su íntimo contacto, del que surgen el conocimiento y la sabiduría, la experiencia y la ilusión por un trabajo que no se acaba nunca. Eso que llaman futuro y que los forestales sabemos bien que se construye con los pedacitos de cada día, poniendo en luz esos paisaje invisibles -¡qué si no es la selvicultura!- a través de los que habremos de penetrar el bosque, como decía el filósofo.

Nunca habrá una generación como la de aquellos que salvaguardaron los montes de la desamortización. Nunca habrá otra como la que repobló España con pinos, sí -y con tantas otras especies-, pero, sobre todo, con expectativas. Tampoco volverá a repetirse una como la que alumbró el camino y la vocación de muchos de los que aquí nos reunimos hoy.

Aspiremos, con laboriosidad e inteligencia, a llevar a cabo nuestra misión y contarla. Para que cuando un ingeniero de montes del futuro mire hacia nuestro tiempo concluya, distinguiéndonos, que nunca habrá otra generación de forestales como la nuestra.

Muchas gracias.

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