DOCE CITAS CON LA MONTAÑA. Javier Armentia: “Mi afición por la astronomía viene de las noches de verano en Ordesa”

Javier Armentia. Parque Natural de Cazorla

Javier Armentia (Vitoria-Gasteiz, 1962), director del planetario de Pamplona y divulgador científico, estudió Físicas en la Universidad Complutense de Madrid y se especializó en astrofísica. Una vocación que se fraguó, como él mismo resalta, en su afición a la montaña, que le viene de familia.

“Soy de familia de montañeros. Mis padres iban juntos al mismo club de montañismo, que lleva el nombre del explorador Manuel Iradier, vitoriano nacido a finales del siglo XI (1854). Y en ese mismo club nos apuntamos todos los hermanos. Aunque el montañero de la familia es mi hermano mayor, Ion, médico de montaña, que ha estado en el Himalaya en las expediciones de Juanito Oyarzabal o Edurne Pasabán”, explica Javier.

Javier Armentia. Monteverde, Costa Rica

Sin embargo, Javier prefiere disfrutar del paisaje de forma más calmada: “Tengo que confesar que yo no soy de subir grandes cuestas, ni de escaladas, ni hacer nada especial, sobre todo desde que tuve un infarto, hace tres años. Pero sí me gusta disfrutar del paisaje y del silencio. Me dedico más al senderismo y siempre que puedo voy a alguna zona de parque nacional, y si cuando tengo que subir pendientes me las tomo con un poco más de calma”, señala.

De su infancia, recuerda en especial las subidas a la montaña en año nuevo típicas del País Vasco, donde “todas las ciudades y todos los pueblos tienen esa tradición, en un día especial como Año Nuevo. Para empezar el año, el 1 día de enero subíamos al monte Zaldiaran (778 metros). Recuerdo que íbamos en familia, con nuestros padres, aunque nuestra madre se quedaba a veces en casa preparando la comida de Año Nuevo. Es una especie de acto social, porque la cima se llena de gente. La montaña tiene a veces ese carácter social, de acto público. No sé cuántos años habremos estado yendo, pero han sido muchos. Antes de morir mi padre, ya mayores, nos juntamos la familia de nuevo y volvimos a subir”.

Y recuerda también otra tradición, iniciada por las sociedades de montaña del País Vasco, aunque hoy está extendida a otras zonas: la de poner buzones en la cima de los montes. El origen está en la Federación Vasca de Montaña, que fundó en 1949 la Hermandad de Centenarios Alpinos. Y lo de centenarios no es en referencia a la edad, sino por “Los Cien Montes” que tenían que subir una condecoración. Era, explica Javier, una competición o concurso para fomentar la práctica del montañismo.

Ascendidas las cien cimas, “si estabas federado podías optar a la medalla del club, y para acreditarlo tenías que haber dejado las tarjetas con tu nombre en los buzones de las cimas. Cuando llegabas, buscabas el buzón, dejabas tu tarjeta y recogías las que hubiera de otros montañeros, para llevarlas al club, como comprobación. Con esto todas o  casi todas las cimas de los montes eran muy visitadas. Además, en Navidad se solía colocar un Belén y subir a cantar villancicos, una traición que tienen un siglo de antigüedad”.

Su afición a la montaña la sigue manteniendo, pese a sus múltiples ocupaciones: “A las montañas nos escapamos en cuanto podemos. En la actualidad, la única posibilidad de ver bien el cielo es alejarte de los núcleos urbanos. Y la forma segura de evitar la contaminación lumínica es echarte al monte. La tradición de los astrónomos y aficionados es subir a sitios que sean de acceso fácil, por el peso de los telescopios que hay que cargar. Mi afición a la astronomía viene de las noches de verano en Ordesa, y los Pirineos en general.  Allí empezabas a ver e identificar estrellas, y me fui aficionando a mirar el cielo. Mi interés por la naturaleza, el campo y la astronomía vienen en el mismo paquete. La mitad del paisaje que vemos desde una cima es cielo. Por la noche, lo más bonito está en el cielo, y conocerlo es el objetivo de la Astronomía”.

Además, las montañas ofrecen la posibilidad de reencontrarnos con el silencio, y llenar nuestros “depósitos de calma”, para hacer frente a la ruidosa y estresada vida urbana, como resalta Javier Armentia: “Siempre que te metes en el monte, lejos de las ciudades, donde estamos rodeados de cosas que se mueven y muchos ruidos, descubres de repente que el silencio sugiere mucho más que los ruidos. Posiblemente por eso en todas las religiones las revelaciones tienen lugar en las montañas, que adquieren un carácter sagrado. Ese paisaje y esa calma favorecen esa visión diferente de las cosas”, explica.

Además, el contacto asiduo con la naturaleza nos ayuda a acompasarnos con el calendario natural, observando la llegada de las estaciones, como relata Javier: “Me encanta perderme en la naturaleza, el fin de semana pasado, por ejemplo, en el Baztán en Navarra, y descubrir cómo los hayedos echan las primeras hojas, contemplar la vegetación de ribera, o los pastos, que ya tienen el primer corte. Esto son cosas que no suelen salir en televisión, ni siquiera en documentales de la naturaleza. Escuchas el fragor de un torrente y otros sonidos del bosque, como los pájaros. Son estímulos tan diferentes, que es una gozada sentirlos, me siento transportado, cambiado y con ganas de conocer más sobre lo que veo. Las dudas son qué pájaro escucho o que árbol estoy viendo”.

Lo de los árboles, explica que lo soluciona con Arbolapp, la aplicación del Real Jardín Botánico de Madrid que permite una búsqueda guiada, para llegar a saber qué especie estás contemplando. Aunque, “las más abundantes por aquí las distingo razonablemente bien sin ayuda. Es algo que deberían enseñarles a los chavales en el colegio, aprender unas cuantas especies y las características de las mismas”.

Sin embargo, hay algo que le disgusta en sus paseos, encontrarse la basura que algunas personas dejan abandonada. Y echando la mirada atrás, se pregunta cuando hemos adquirido la costumbre de ensuciar los espacios naturales: “En el mundo en el que empecé a vivir, de crío, con el coche de mi padre, nos metíamos en medio de las campas de Opakua. Nunca manchamos nada. Teníamos muy claro que los restos de lo que te llevabas a las excursiones tenían que volver a casa para tirarlos. Me pregunto, cuándo se nos olvidó eso. Hemos puesto cadenas para que el 4×4 no entre a determinadas zonas, hay más reservas, pero nos hemos olvidado de ese punto esencial por el que nosotros mismos éramos responsables de no dejar el monte sucio. Cada vez que vas por ahí, descubres cómo en cuanto te apartas del camino en muchas ocasiones la zona está llena de residuos y latas. Y dudas si llegaremos a algún sitio o pereceremos en nuestra propia basura”.

Fuera de nuestro país, el director del Planetario de Pamplona ha dejado su huella “limpia” en otras montañas, como en Monteverde, uno de los lugares más visitados de Costa Rica. Esta reserva alberga uno de los hábitats más raros planeta, el bosque nuboso, con una neblina constante que le ha valido su nombre. La alta humedad en esta zona, que se encuentra a 1.600 metros sobre el nivel del mar, crea la niebla y proporciona una densa cubierta nubosa. “Durante muchos años he ido con la expedición de la Ruta Quetzal, de Miguel de la Quadra, desde el 95 hasta que murió Miguel, y eso me ha dado la oportunidad de estar en un montón de países hispanoamericanos. Uno de esos lugares fue Monteverde, en Costa Rica, en el bosque nublado, con una densidad de vegetación impresionante”.

La Ruta Quetzal le ha dado la oportunidad de llegar a lugares espectaculares. “Me ha permitido viajar no solo con un objetivo cultural, sino aprovechar para conocer la naturaleza, la montaña y el bosque. Hemos recorrido desiertos o cordilleras como los Andes, por ejemplo. Lo último que hicimos fue buscar, en Los Andes peruanos, a más de 5.000 metros, la que se cree que es la fuente del Amazonas”.

Acerca de Pilar Quijada Garaballú

Gabinete de Prensa COIM
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