Retos y Oportunidades para el Monte Mediterráneo

Monte mediterráneo – Wikipedia

Quienes hemos tenido la suerte de conocer en primera persona y gracias a los proyectos de colaboración trasnacionales muchas de las regiones de la Europa Mediterránea, hemos podido comprobar que, además de compartir costumbres, gastronomía, clima y flora, compartimos los mismos retos, oportunidades y problemas en la gestión de nuestros montes.

Desde un análisis superficial, haciéndonos eco simplemente de las noticias habituales de los medios nacionales sobre la problemática de la gestión forestal, comprobamos que los problemas son archiconocidos y comunes:

– En primer lugar, y por su tirón mediático estival, encontramos el problema estrella de los incendios forestales. Todos los años perdemos miles de hectáreas arboladas, fundamentalmente de pinares, que en algunos casos recuperamos y  que en otros, por la reiteración de los incendios y las malas condiciones meteorológicas posteriores, perdemos para siempre, derivando en etapas de matorral degradado o incluso en suelo estéril.

A este problema y gracias a la alarma social creada verano tras verano, se le ha puesto solución desde los presupuestos públicos: se han mejorado los operativos de extinción de incendios, profesionalizando los efectivos y se ha  avanzado tecnológicamente.

La prevención de los incendios es la cruz de esta moneda, las partidas presupuestarias en prevención han soportado los recortes económicos en estos años de crisis.

– Como un segundo problema no menos peligroso que el primero, pero sí más novedoso, encontramos la pérdida de arbolado como consecuencia del cambio climático. En la Comunidad Valenciana, Murcia y Andalucía Oriental las plagas producidas por las últimas sequías, sobre todo de perforadores, han provocado la pérdida de laderas arboladas en su totalidad.

Con el agravante de que al producirse la pérdida del arbolado en años de sequía extrema cuando además los suelos no están preparados por la falta de semilla y de humedad, la regeneración del arbolado, al contrario de lo que habitualmente sucede tras los incendios forestales que suele ser abundante, es nula, de modo que en los próximos años, de no prevenir esta situación, perderemos muchos bosques   de nuestros montes.

Desde un análisis más profundo, adentrándonos en el interior del monte, pisando bajo los árboles y con la mirada del experto, encontramos más problemas, que no son tan mediáticos pero sí igual de importantes:

Debido por un lado a la caída de los precios de los productos madereros, al abandono de la pequeña industria de trasformación local como la del cajerío o del carbón vegetal y por otro a los dogmas de abandono propuestos por los movimientos ecologistas de los años ochenta, se ha optado por la no gestión como medida de gestión. Esta forma de entender los pinares han derivado en los problemas descritos anteriormente.

Además, con el abandono de las ordenaciones forestales antiguas en montes repoblados, nos encontramos con montes que fueron abandonados sin llevar a cabo una corta final, con el consiguiente envejecimiento de masas forestales coetáneas que acaban derivando en masas estériles sin ninguna posibilidad de regeneración, masas que irán muriendo y no serán sustituidas por nuevos árboles, ya que los progenitores han dejado de ser fértiles y la semilla ha desaparecido de las piñas y del suelo. Esto se puede comprobar en las repoblaciones pioneras que se hicieron a principios del siglo pasado en los montes del sureste español como Sierra Espuña. Montes que necesitarían de una nueva repoblación forestal para no acabar perdiendo su arbolado, algo que resulta inviable con la situación económica actual.

Afortunadamente, no todo es oscuridad y empezamos a tener luz, a tener cierta actividad económica en nuestros montes mediterráneos, como son las exportaciones de biomasa a otros destinos europeos y el inicio del comercio local, necesarios para la conservación de los mismos ya que es muy difícil proteger lo que no tiene valor económico, sobre todo si se trata de una extensión tan elevada cercana al 50% del territorio y cuando los presupuestos públicos para la gestión forestal, se reducen año tras año.

También debemos agradecer la inversión forestal que nos exige Europa vía Fondos Europeos. Si no fuese por las políticas europeas, en estos años de crisis en algunas regiones la inversión en gestión forestal habría sido nula.

Para gestionar nuestros montes debemos mirar al norte, mirarnos en el espejo de aquellos países que compatibilizan gestión sostenible con bioeconomía. Siempre he sido un admirador de la forma de entender la naturaleza de los escandinavos.

Es fundamental la mecanización de los trabajos y promover economías locales,  no se puede pensar en los montes como aquel sumidero de mano de obra manual, como lo eran en la segunda mitad del siglo XX. Los pueblos de montaña no disponen de esa mano de obra, los operarios no están dispuestos a realizar trabajos tan duros y resulta antieconómico.

Por ello, debemos de ir a modelos de trabajo del siglo XXI, aplicando las técnicas que funcionan en el norte de Europa y adaptándolos a nuestra fisiografía mediterránea.

Por último, debemos dejar de pensar que nuestros montes son únicamente protectores y no productores, nuestros montes tienen una producción mucho menor que los atlánticos, pero producen y esa producción es fundamental para que sigan siendo protectores. (1)

En definitiva, demos vida y actividad a nuestros montes para que en un futuro no lejano los devolvamos igual o mejor a como nos los han dejado.

(1) “Los pastizales del sureste no son aptos para el ganado vacuno pero sí lo son  para la oveja segureña, al igual que nuestros pinares no producen vigas para la construcción pero si producen bioenergía”.

Acerca de Roque Pérez Palazón

Decano del COIM en Murcia

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